Mirarlo a los ojos era perderme. Abandonarme al verde
profundo que los envolvía. Una vez entraba en ellos, no podía salir. Me abrazaban
con una intensidad abrumadora. Destellos de sol se reflejaban en ellos,
revelando las hojas marrones que decoraban aquel verde bosque, dándoles aún más
personalidad si cabía. Y los bordeaba una fila de largas y rubias pestañas que los
protegían de las ferocidades del mundo exterior.
Todo en aquellos ojos era perfecto.
Un poco más abajo se encontraba su pronunciada nariz, que le
daba el toque intelectual a una cara más bien inocente. A cada costado de ésta,
sus pequeños y afilados pómulos enmarcaban sus facciones.
Y más abajo todavía, sus labios, siempre rojos, siempre
grandes. De aquella boca brotaban las más elocuentes e inteligentes palabras.
Las respuestas más vivaces y las
preguntas más acertadas.
Aquel rostro que nunca pude tener.
Todo.
Todo él que nunca pude tener.
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